Alrededor de un 60 por ciento de los estudiantes que cada año ingresan a las universidades del país abandonan su carrera en primer año, un porcentaje menor, pero todavía importante lo hacen en el segundo año. Algunos de esos estudiantes cambian de carrera, la mayoría abandonan sus estudios. Se señalan diversas causas de ese tan alto nivel de fracaso. Algunas son externas a la universidad: los problemas socioeconómicos, las deficiencias de formación que se arrastran de los niveles anteriores de la educación, la falta de adecuada orientación vocacional, entre otras. Pero también existen causas que son propias del sistema universitario. Las peores condiciones para el aprendizaje se dan muchas veces en los primeros años. Incluso en carreras y universidades que no tienen problemas de masividad, los cursos de los primeros años suelen ser multitudinarios. Los recursos, en general escasos, lo son aún más (laboratorios, acceso a equipos de computación, disponibilidad de bibliografía, etc.), las modalidades pedagógicas no necesariamente están preparadas para ayudar a los estudiantes en esa difícil transición que es el acceso a la educación superior. Los diseños curriculares tienen estructura tubular y no permiten canalizar decisiones de cambio de carrera de manera no traumática, teniendo generalmente que empezar de nuevo luego de arduos trámites para cambiar de carrera.Nuestro país necesita, en una estrategia de desarrollo y de mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes, muchas más personas con más formación, y no puede desperdiciar las ganas de estudiar de tantos jóvenes.
El fenómeno preocupa desde hace tiempo a las autoridades universitarias, que, sin embargo, en general, carecen de cifras que reflejen el problema. La novedad es el crecimiento del abandono de las aulas por causa de la desilusión acerca de la carrera elegida, a la que muchas veces los estudiantes llegan guiados por preconceptos y sin información. Se suman las dificultades económicas, que hacen que gran parte de los alumnos deba trabajar y debe privilegiar esa actividad por sobre la carrera.
Para las universidades, la pérdida de estudiantes implica un malgasto de recursos en tiempos de presupuestos magros.
Los especialistas aseguran que la ausencia de orientación vocacional en la escuela media y la falta de un acompañamiento en la transición a la universidad contribuyen al problema, tanto como la rigidez de los planes de estudio y de las instituciones universitarias, que no permiten fácilmente los cambios de carrera.
En la Universidad Nacional de Rosario, uno de cada cuatro alumnos que se inscriben en alguna carrera de sus facultades, terminarán dejando de asistir a clases.
Para Claudio López, de la Secretaría Académica de la alta casa de estudios, “el abandono de una carrera tiene varias explicaciones. La mitad de los alumnos de la UNR no es de Rosario. Y además de las dificultades naturales de comenzar un estudio universitario pesan el trasplante a un medio que inicialmente puede resultar hostil, y exigencias económicas adicionales en traslado y alquiler".
"Estudiar en la universidad estatal no es gratis, porque el transporte, los libros y hasta las fotocopias tienen costo", indicó López, y agregó: "Muchas carreras son incompatibles con un trabajo de ocho horas, a veces hay que optar por una u otra cosa. Pero no todas las familias pueden costear los estudios de sus hijos ni todos los alumnos resignar un sueldo hasta recibirse".
Estudiantes no reinscriptos son quienes venían cursando alguna carrera pero, por razones no especificadas, la interrumpen. El último boletín estadístico de la UNR, que analiza datos de 2006, dice que del total de 72.398 alumnos que concurren a las 12 facultades, ese año se reinscribieron 58.803 mientras que 14.903 no continuaron. Un abandono del 25 por ciento.
Lorena se inscribió este año en Ciencias Económicas, y arrancó a cursar el cuatrimestre con ganas, pero las dificultades que se le fueron presentando para manejar los horarios de clases y los de su trabajo, además de no siempre contar con alguien que cuide de su hijo, inclinaron la balanza hacia la deserción.
“Yo necesito trabajar para poder vivir, y tuve que anteponerlo a los estudios. Me dolió mucho, pero tuve que dejar de ir a la facu”, contó la ex estudiante, con cierta desazón en las palabras.
El 59% de los jóvenes argentinos de entre 18 y 24 años accede a la enseñanza superior, según datos del Instituto Internacional de la UNESCO para la Educación Superior de América latina y el Caribe (IESALC). En la región la media es del 32%, muy lejos del 50% de algunos países desarrollados y del 80% que alcanzan las naciones nórdicas, por ejemplo.
También aparece otro problema: el 25% de los alumnos de las universidades públicas se reinscribe en la facultad sin haber aprobado al menos una materia durante el año anterior. En las privadas, esa tasa baja al 20%. Esta tendencia se focaliza principalmente en el curso de ingreso o durante los primeros años de las distintas carreras. Y es determinante en el abandono o retardo del estudiante.
En todos los casos alcanzar la meta propuesta, y lograr la graduación resulta sumamente difícil. Son necesarias condiciones individuales y sociales que no siempre los estudiantes pueden desarrollar. Las elevadas tasas de deserción indican la necesidad de establecer nuevos programas y destinar más recursos que permitan retener estudiantes en el sistema educativo, considerando la importancia del retorno social y económico de los recursos invertidos.
Son bastante elevados los costos sociales y económicos ocasionados por la deserción en el ámbito universitario. Además, los ingresos que dejan de percibir durante la vida activa cuando se abandonan los estudios sin concretar la graduación significan una pérdida no sólo en lo personal y lo social, sino que también perjudica el
crecimiento del país.
Sin embargo, las políticas educacionales destinadas a fomentar la retención de los estudiantes en las aulas en los distintos niveles deben estar acompañadas por una dinámica de generación de empleos de calidad. Debe existir una estrecha relación entre la oferta de carreras y las necesidades del país o la región, de manera tal que la universidad favorezca en forma inteligente el crecimiento y las necesidades del país. De la misma manera, el Estado deben planificar los recursos humanos que necesita y brindar una adecuada protección social que permita absorber productivamente las mayores calificaciones ofrecidas.
El fenómeno preocupa desde hace tiempo a las autoridades universitarias, que, sin embargo, en general, carecen de cifras que reflejen el problema. La novedad es el crecimiento del abandono de las aulas por causa de la desilusión acerca de la carrera elegida, a la que muchas veces los estudiantes llegan guiados por preconceptos y sin información. Se suman las dificultades económicas, que hacen que gran parte de los alumnos deba trabajar y debe privilegiar esa actividad por sobre la carrera.
Para las universidades, la pérdida de estudiantes implica un malgasto de recursos en tiempos de presupuestos magros.
Los especialistas aseguran que la ausencia de orientación vocacional en la escuela media y la falta de un acompañamiento en la transición a la universidad contribuyen al problema, tanto como la rigidez de los planes de estudio y de las instituciones universitarias, que no permiten fácilmente los cambios de carrera.
En la Universidad Nacional de Rosario, uno de cada cuatro alumnos que se inscriben en alguna carrera de sus facultades, terminarán dejando de asistir a clases.
Para Claudio López, de la Secretaría Académica de la alta casa de estudios, “el abandono de una carrera tiene varias explicaciones. La mitad de los alumnos de la UNR no es de Rosario. Y además de las dificultades naturales de comenzar un estudio universitario pesan el trasplante a un medio que inicialmente puede resultar hostil, y exigencias económicas adicionales en traslado y alquiler".
"Estudiar en la universidad estatal no es gratis, porque el transporte, los libros y hasta las fotocopias tienen costo", indicó López, y agregó: "Muchas carreras son incompatibles con un trabajo de ocho horas, a veces hay que optar por una u otra cosa. Pero no todas las familias pueden costear los estudios de sus hijos ni todos los alumnos resignar un sueldo hasta recibirse".
Estudiantes no reinscriptos son quienes venían cursando alguna carrera pero, por razones no especificadas, la interrumpen. El último boletín estadístico de la UNR, que analiza datos de 2006, dice que del total de 72.398 alumnos que concurren a las 12 facultades, ese año se reinscribieron 58.803 mientras que 14.903 no continuaron. Un abandono del 25 por ciento.
Lorena se inscribió este año en Ciencias Económicas, y arrancó a cursar el cuatrimestre con ganas, pero las dificultades que se le fueron presentando para manejar los horarios de clases y los de su trabajo, además de no siempre contar con alguien que cuide de su hijo, inclinaron la balanza hacia la deserción.
“Yo necesito trabajar para poder vivir, y tuve que anteponerlo a los estudios. Me dolió mucho, pero tuve que dejar de ir a la facu”, contó la ex estudiante, con cierta desazón en las palabras.
El 59% de los jóvenes argentinos de entre 18 y 24 años accede a la enseñanza superior, según datos del Instituto Internacional de la UNESCO para la Educación Superior de América latina y el Caribe (IESALC). En la región la media es del 32%, muy lejos del 50% de algunos países desarrollados y del 80% que alcanzan las naciones nórdicas, por ejemplo.
También aparece otro problema: el 25% de los alumnos de las universidades públicas se reinscribe en la facultad sin haber aprobado al menos una materia durante el año anterior. En las privadas, esa tasa baja al 20%. Esta tendencia se focaliza principalmente en el curso de ingreso o durante los primeros años de las distintas carreras. Y es determinante en el abandono o retardo del estudiante.
En todos los casos alcanzar la meta propuesta, y lograr la graduación resulta sumamente difícil. Son necesarias condiciones individuales y sociales que no siempre los estudiantes pueden desarrollar. Las elevadas tasas de deserción indican la necesidad de establecer nuevos programas y destinar más recursos que permitan retener estudiantes en el sistema educativo, considerando la importancia del retorno social y económico de los recursos invertidos.
Son bastante elevados los costos sociales y económicos ocasionados por la deserción en el ámbito universitario. Además, los ingresos que dejan de percibir durante la vida activa cuando se abandonan los estudios sin concretar la graduación significan una pérdida no sólo en lo personal y lo social, sino que también perjudica el
crecimiento del país.
Sin embargo, las políticas educacionales destinadas a fomentar la retención de los estudiantes en las aulas en los distintos niveles deben estar acompañadas por una dinámica de generación de empleos de calidad. Debe existir una estrecha relación entre la oferta de carreras y las necesidades del país o la región, de manera tal que la universidad favorezca en forma inteligente el crecimiento y las necesidades del país. De la misma manera, el Estado deben planificar los recursos humanos que necesita y brindar una adecuada protección social que permita absorber productivamente las mayores calificaciones ofrecidas.



0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada